Montañas en transición: leer el agua para anticipar riesgos
- Marie Anière-Martínez
- hace 12 minutos
- 6 Min. de lectura

Deslizamientos, glaciares y ríos en el norte del Parque Nacional Los Glaciares
En los paisajes de alta montaña solemos pensar el riesgo como algo repentino: una ladera que cede, una roca que cae, un camino cortado. Sin embargo, detrás de cada deslizamiento hay una historia larga, escrita lentamente por el agua, el hielo y la gravedad.
En el norte del Parque Nacional Los Glaciares, en la Patagonia austral, esa historia se está acelerando. En el 2024, el Laboratorio de Geomática Andina del IANIGLA analiza en la revista Quaternary International cómo el retroceso de los glaciares y la reorganización del sistema hídrico están condicionando la susceptibilidad a deslizamientos. Lo que muestra el trabajo es claro: donde el agua estuvo, pasó o sigue circulando, el terreno hoy es más frágil.
Un territorio esculpido por agua y hielo
El área de estudio se sitúa en el sector norte del Parque Nacional Los Glaciares, una región dominada por la influencia directa del Campo de Hielo Patagónico Sur. Allí nacen ríos como el río de las Vueltas, se desarrollan lagos proglaciares como Torre y del Desierto, y se ubican extensos depósitos morrénicos.
Los autores describen este paisaje como altamente dinámico:
“La región se caracteriza por una compleja interacción entre glaciares actuales, glaciares en retroceso, ríos proglaciares y depósitos morénicos.”
En El Chaltén, no estamos ante un sistema estable, sino ante un territorio que se reorganiza constantemente a medida que el hielo se retira y el agua busca nuevos caminos.
El retroceso glaciar como punto de partida
Uno de los ejes conceptuales del estudio es que los glaciares no solo son reservas de agua, también son estructuras que sostienen el paisaje. Cuando un glaciar retrocede, deja atrás pendientes empinadas, sedimentos sueltos y superficies sin consolidar.
El paper lo expresa de forma directa:
“El retroceso glaciar produce pendientes sobre empinadas y expone materiales no consolidados, aumentando la predisposición a los deslizamientos.”
Este proceso crea lo que podríamos llamar herencias inestables: lugares que no fallan de inmediato, pero que quedan listos para hacerlo cuando actúa un detonante, como una lluvia intensa, una crecida o un aumento de fusión estacional.
El papel silencioso del agua
Aunque el estudio no analiza eventos extremos de precipitación, el agua está presente en casi todos los factores que incrementan la susceptibilidad a deslizamientos.
Las zonas más vulnerables coinciden con:
morrenas internas y laterales,
depósitos glaciofluviales,
materiales cuaternarios poco consolidados,
transiciones entre hielo, agua y suelo
Sobre estos materiales, los autores señalan:
“Los depósitos cuaternarios dominantes están compuestos por bloques, gravas y arenas pobremente consolidadas.”
Desde el punto de vista hidrológico, esto es fundamental. Son materiales que absorban y transmiten agua con facilidad, reduciendo la fricción interna y favoreciendo el movimiento en pendiente. El agua no siempre desencadena el deslizamiento, pero prepara el terreno.
Análisis detallado (1) Además, el estudio muestra que, en ciertos casos, la vegetación puede aumentar la inestabilidad al agregar peso sobre la pendiente y facilitar la infiltración profunda del agua, elevando la presión interna del suelo. A eso se suma el legado glaciar: las pendientes con inclinaciones mayores a 30° ejercen una fuerza especialmente alta sobre los sedimentos glaciares cuaternarios, que son materiales sueltos y poco consolidados. La orientación de las laderas también importa: las diferencias en radiación solar generan ciclos térmicos que debilitan el material, y en el área de estudio las laderas orientadas al sur muestran una mayor asociación con deslizamientos, probablemente por la presencia de morenas inestables. Finalmente, la forma del terreno juega un rol clave: las laderas cóncavas funcionan como zonas de acumulación de agua y sedimentos, volviendo al suelo más susceptible al movimiento. En conjunto, estos factores refuerzan una idea central del trabajo: el agua no solo erosiona desde la superficie, sino que también desestabiliza el paisaje desde adentro. |
Un contraste revelador: cuando el río estabiliza
Uno de los aportes más interesantes del trabajo es mostrar que no toda cercanía al agua implica mayor riesgo. En el fondo del valle del río de las Vueltas, por ejemplo, la susceptibilidad es baja.
“En el área central del valle del río Las Vueltas las condiciones no son favorables para deslizamientos, ya que se trata de una planicie de inundación con pendientes suaves.”
Aquí el agua cumple otro rol: transporta sedimentos finos, disminuye pendientes y redistribuye energía. En esta perspectiva, el problema en términos de gestión de riesgos reside en cómo circula el agua y qué materiales atraviesa.
Cómo se estudia la susceptibilidad a deslizamientos
Para analizar estas dinámicas, el estudio utiliza un enfoque estadístico conocido como Frequency Ratio Model (FRM). Es importante entenderlo, porque es una herramienta muy extendida en estudios de cuencas y montañas.
En términos simples, el método responde a una pregunta: ¿Dónde ocurrieron deslizamientos en el pasado y qué condiciones tenían esos lugares?
El proceso incluye:
Inventariar deslizamientos conocidos.
Definir factores condicionantes.
Evaluar estadísticamente qué tan asociados están esos factores a deslizamientos.
Generar un mapa de susceptibilidad
En el estudio, los factores considerados fueron la pendiente, la elevación, la orientación, la litología, la geomorfología, la cobertura del suelo y la distancia a elementos estructurales. La geomorfología —es decir, las formas del terreno— resultó ser el factor más influyente.
Resultados: un mapa que anticipa
El modelo permitió clasificar el territorio en distintas categorías de susceptibilidad. Las zonas de alta y muy alta susceptibilidad se concentran en:
áreas recientemente deglaciadas,
morenas internas,
laderas empinadas con materiales sueltos.
La calidad del modelo fue evaluada estadísticamente:
“El valor AUC obtenido fue superior a 0.8, lo que indica un buen desempeño predictivo del modelo.”
Esto significa que el mapa no es solo descriptivo: tiene capacidad real para anticipar zonas de riesgo, lo cual es clave para la gestión territorial y planificación.
“En escenarios de cambio climático, los resultados de este trabajo pueden ayudar a reducir la vulnerabilidad y mitigar riesgos.”
A medida que los glaciares continúen retrocediendo, aumentará la superficie expuesta, cambiarán los flujos de agua y se modificarán las condiciones de estabilidad. En este sentido, los deslizamientos no son anomalías: son una expresión del reajuste del sistema.
Este mapa muestra la susceptibilidad a deslizamientos en el norte del Parque Nacional Los Glaciares. Los colores no indican eventos ocurridos, sino la probabilidad relativa de que un deslizamiento ocurra, según las condiciones del terreno.
Las zonas marcadas como alta y muy alta susceptibilidad se concentran en laderas abruptas, morenas internas y áreas recientemente liberadas por el retroceso de los glaciares. Allí predominan sedimentos sueltos —gravas, arenas y bloques— altamente sensibles a la infiltración de agua.
En contraste, el fondo del valle del río de las Vueltas muestra baja susceptibilidad. A pesar de la presencia constante de agua, se trata de una planicie de inundación con pendientes suaves, donde los procesos fluviales tienden a estabilizar el terreno.

Además, un resultado que a primera vista puede sorprender es la alta asociación de las zonas planas con los deslizamientos. Sin embargo, el estudio aclara que esto no significa que los deslizamientos se originen en terrenos sin pendiente. La explicación es metodológica: el inventario usado incluye no solo las cicatrices donde comienza el movimiento, sino también las áreas donde el material se deposita luego del deslizamiento. En paisajes de montaña, estos depósitos suelen acumularse en sectores más planos, como fondos de valle o terrazas fluviales. Esta aclaración es clave para interpretar correctamente el mapa: muestra que los modelos no “fallan”, sino que reflejan cómo y dónde terminó moviéndose el material. Leer estos mapas, entonces, requiere entender no solo el terreno, sino también qué tipo de observaciones entran en el análisis.
Medir también es una forma de justicia
Las zonas de montaña con glaciares suelen ser remotas, poco instrumentadas y, sin embargo, cruciales para la provisión de agua. Mapear riesgos, comprender procesos y generar datos es una forma de no dejar estos territorios fuera del mapa.
Los deslizamientos no son solo accidentes geológicos. Son la consecuencia visible de un territorio donde el agua cambió de lugar. Entenderlos requiere mirar el paisaje como un sistema vivo, donde ríos, glaciares y laderas dialogan continuamente.
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